EL ABUE 2.-
Hoy he observado que muchos de los homosexuales masculinos que veo pasar desde mi perspectiva caballera tienen algún rasgo de debilidad, generalmente la boca. No estoy hablando de gestos femeninos sino de debilidad. A las actitudes femeninas hace tiempo que tienden a renunciar. Y cada vez son más los que lo hacen. No hace falta ser una mujer para que te guste un hombre: la Naturaleza nos lo enseña.
Debilidad como única respuesta posible ante la losa de culpa con que la sociedad ha intentado aplastarles desde hace mucho tiempo en una desorbitada relación de fuerzas abismalmente desiguales.
Esos rasgos indecisos que veo pasar no pueden ser genéticos. No creo que haya nada genético que diferencie a un homosexual de un heterosexual. Con toda seguridad son rasgos educacionales que han dejado su impronta no solamente en el cerebro. Los preadolescentes -que aún ignoran su sexualidad- ya no harán suyos esos rasgos si es que en su momento se reconocen como homosexuales. Ya no se verán sucios o culpables porque ya nadie se sentirá obligado a convencerles de ello a golpes y en nombre de cualquier dios, casi siempre el mismo. (Sería justo ¿no? y bonito, además.
Parece ser que la sociedad, incluyendo a mi vecino el Pepe, va logrando liberarse de la necesidad paranoica de agredir lo ajeno y desconocido en una evolución lenta y diversa.
Aunque la evolución de mi vecino Pepe fue bastante rápida. Tiene una carnecería que descansa prácticamente sobre los hombros de su retoño de 17 años, 1,85 de altura y brazos como piernas.
El Pepe se siente más atraído por el carajillo que por cualquier otra cosa sin por eso poder considerársele un borracho. Atiende bien su negocio aunque solo sea para impartir órdenes. Pero lo atiende.
Cuando su mejor amigo fue a contarle con mil deleitosos rodeos que había sorprendido a su corpulento retoño en un discreto rincón de la playa encantado con las maniobras que un moro enfervorizado le dedicaba sin sacársela del bañador, no tuvo que pensar mucho en cual debía ser su actitud. Prefería un hijo muerto que un marica en casa. No en vano su padre, abuelo del culpable, había ganado una guerra.
El Pepe, en su mejor papel de sargento borrachín época franquista y rodeado del resto de la familia esperó la llegada por la tarde del hijo a casa y, cual Jehová Tronante (Júpiter jamás se hubiera atrevido) comenzó a lanzar sus hostias, que no sus rayos. Primero fueron verbales, a las que el hijo respondió con tanta sensatez pese a sus pocos años que el Pepe se vio obligado, falto de argumentos, a recurrir a las otras. Claro que, solo lanzó la primera. No contaba con que entre el esfuerzo y el coñac que había tomado "para ayudarse en el duro cumplimiento de su deber" iba a encontrarse sentado en el suelo a los pies de un hijo inmóvil que le miraba de tal manera que optó como más prudente el fingirse lastimado por la caída que el continuar en una postura que, además, repentinamente sospechaba como desfasada, revelación ésta corroborada por el gesto de alivio de su santa esposa durante el trayecto hasta la cama, fingiendo tomarse en serio la posibilidad de una pierna rota mientras le ayudaba a caminar. Podía ser una mujer sumisa, pero no era tonta y su rostro, no exento de una cierta preocupación, no reflejaba en absoluto la tragedia.
Ahora se llevan muy bien padre e hijo. Lo lograron en apenas los seis meses posteriores a la trifulca.
Pero si el hijo no se ha ido aún de casa es justamente a causa del padre. Lo ve un poco mayor para trabajar tanto como exige el negocio familiar.
Es el pueblo el que va a obligarle a marchar.
El tolerante pueblo aspirante a capital gay de Europa.
El atleta lleva ya algún tiempo plantando cara a todo el mundo y saliendo victorioso de ello. Su físico se lo permite. Le respetan, si es eso lo que significa el no atreverse a criticarle de frente. Pero luego están las actitudes, los comentarios a sus espaldas, las comidillas...lo que jamás harían con alguien de afuera.
Cae la noche y no se ha vendido nada. Todo el mundo ha debido estar demasiado ocupado hoy. Mañana aparecerán en pantalla las ventas nocturnas. El coleccionista gusta de ejercer de noche. En la reconfortante ausencia de los demás a su alrededor. Sin interferencias que puedan distraerle en su elección, ni ruidos que puedan espantar el hallazgo. Su maravilloso vicio de cazador atávico es solitario como las águilas.
Pero volvamos a los estorninos.
Tres caballos (uno encima del otro) por debajo de donde estoy sentado pasa, bajo las farolas que compiten con el ocaso tardío, un cochecito doble empujado esta vez por el padre. Gemelos. Calladitos y mirándolo todo con sus grandes ojos limpios. Luego intercambiarán sus impresiones con balbuceos. Ambos se tienen el uno al otro para comunicarse. Tal vez sea esa la solución. ¡Yo que se...! A veces sospecho si el canal comunicativo que nos une a los demás no se nos fundirá al aprender a hablar
A los pocos metros de los gemelos, cochecito unitario con niño llorando la habitual frustración. Como Dios manda. Y detrás, empujando, los inevitables padres silenciosos y con la mirada ausente, sin perderse detalle a su alrededor.
El papá está mejor que la mamá y lo sabe. Me gustaría verles en el hotel hacer el amor esta noche pensando cada uno de ellos en sus sendos detalles capturados al vuelo durante el paseo. Están en la ciudad del vicio y eso puede llegar a ser tremendamente "bouleversant" –si se me permite- por lo que tiene de liberador. Hay que aprovechar la ocasión. Debe ser difícil sentirse libre y ser consecuente al mismo tiempo con la responsabilidad al uso, basada en el mantenimiento, sin perderlo, del trabajo fijo como prioridad vital.
Aunque no creo que me atreviera a sugerirles mi pequeña idea: deberían, ellos también, llorar juntos sus respectivas frustraciones en lugar de fornicar con trampa. Eso puede llegar a unir más que muchos coitos. ¿Qué mas pueden hacer? Jamás se atreverán a otra cosa...
Y me gustaría recordar que debería hablar de la debilidad.
Pero no hoy.