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Terra
La Coctelera

elábue 2. miércoles 14.06.2006

EL ABUE 2.-

Hoy he observado que muchos de los homosexuales masculinos que veo pasar desde mi perspectiva caballera tienen algún rasgo de debilidad, generalmente la boca. No estoy hablando de gestos femeninos sino de debilidad. A las actitudes femeninas hace tiempo que tienden a renunciar. Y cada vez son más los que lo hacen. No hace falta ser una mujer para que te guste un hombre: la Naturaleza nos lo enseña.
Debilidad como única respuesta posible ante la losa de culpa con que la sociedad ha intentado aplastarles desde hace mucho tiempo en una desorbitada relación de fuerzas abismalmente desiguales.
Esos rasgos indecisos que veo pasar no pueden ser genéticos. No creo que haya nada genético que diferencie a un homosexual de un heterosexual. Con toda seguridad son rasgos educacionales que han dejado su impronta no solamente en el cerebro. Los preadolescentes -que aún ignoran su sexualidad- ya no harán suyos esos rasgos si es que en su momento se reconocen como homosexuales. Ya no se verán sucios o culpables porque ya nadie se sentirá obligado a convencerles de ello a golpes y en nombre de cualquier dios, casi siempre el mismo. (Sería justo ¿no? y bonito, además.
Parece ser que la sociedad, incluyendo a mi vecino el Pepe, va logrando liberarse de la necesidad paranoica de agredir lo ajeno y desconocido en una evolución lenta y diversa.
Aunque la evolución de mi vecino Pepe fue bastante rápida. Tiene una carnecería que descansa prácticamente sobre los hombros de su retoño de 17 años, 1,85 de altura y brazos como piernas.
El Pepe se siente más atraído por el carajillo que por cualquier otra cosa sin por eso poder considerársele un borracho. Atiende bien su negocio aunque solo sea para impartir órdenes. Pero lo atiende.
Cuando su mejor amigo fue a contarle con mil deleitosos rodeos que había sorprendido a su corpulento retoño en un discreto rincón de la playa encantado con las maniobras que un moro enfervorizado le dedicaba sin sacársela del bañador, no tuvo que pensar mucho en cual debía ser su actitud. Prefería un hijo muerto que un marica en casa. No en vano su padre, abuelo del culpable, había ganado una guerra.
El Pepe, en su mejor papel de sargento borrachín época franquista y rodeado del resto de la familia esperó la llegada por la tarde del hijo a casa y, cual Jehová Tronante (Júpiter jamás se hubiera atrevido) comenzó a lanzar sus hostias, que no sus rayos. Primero fueron verbales, a las que el hijo respondió con tanta sensatez pese a sus pocos años que el Pepe se vio obligado, falto de argumentos, a recurrir a las otras. Claro que, solo lanzó la primera. No contaba con que entre el esfuerzo y el coñac que había tomado "para ayudarse en el duro cumplimiento de su deber" iba a encontrarse sentado en el suelo a los pies de un hijo inmóvil que le miraba de tal manera que optó como más prudente el fingirse lastimado por la caída que el continuar en una postura que, además, repentinamente sospechaba como desfasada, revelación ésta corroborada por el gesto de alivio de su santa esposa durante el trayecto hasta la cama, fingiendo tomarse en serio la posibilidad de una pierna rota mientras le ayudaba a caminar. Podía ser una mujer sumisa, pero no era tonta y su rostro, no exento de una cierta preocupación, no reflejaba en absoluto la tragedia.
Ahora se llevan muy bien padre e hijo. Lo lograron en apenas los seis meses posteriores a la trifulca.
Pero si el hijo no se ha ido aún de casa es justamente a causa del padre. Lo ve un poco mayor para trabajar tanto como exige el negocio familiar.
Es el pueblo el que va a obligarle a marchar.
El tolerante pueblo aspirante a capital gay de Europa.
El atleta lleva ya algún tiempo plantando cara a todo el mundo y saliendo victorioso de ello. Su físico se lo permite. Le respetan, si es eso lo que significa el no atreverse a criticarle de frente. Pero luego están las actitudes, los comentarios a sus espaldas, las comidillas...lo que jamás harían con alguien de afuera.
Cae la noche y no se ha vendido nada. Todo el mundo ha debido estar demasiado ocupado hoy. Mañana aparecerán en pantalla las ventas nocturnas. El coleccionista gusta de ejercer de noche. En la reconfortante ausencia de los demás a su alrededor. Sin interferencias que puedan distraerle en su elección, ni ruidos que puedan espantar el hallazgo. Su maravilloso vicio de cazador atávico es solitario como las águilas.
Pero volvamos a los estorninos.
Tres caballos (uno encima del otro) por debajo de donde estoy sentado pasa, bajo las farolas que compiten con el ocaso tardío, un cochecito doble empujado esta vez por el padre. Gemelos. Calladitos y mirándolo todo con sus grandes ojos limpios. Luego intercambiarán sus impresiones con balbuceos. Ambos se tienen el uno al otro para comunicarse. Tal vez sea esa la solución. ¡Yo que se...! A veces sospecho si el canal comunicativo que nos une a los demás no se nos fundirá al aprender a hablar
A los pocos metros de los gemelos, cochecito unitario con niño llorando la habitual frustración. Como Dios manda. Y detrás, empujando, los inevitables padres silenciosos y con la mirada ausente, sin perderse detalle a su alrededor.
El papá está mejor que la mamá y lo sabe. Me gustaría verles en el hotel hacer el amor esta noche pensando cada uno de ellos en sus sendos detalles capturados al vuelo durante el paseo. Están en la ciudad del vicio y eso puede llegar a ser tremendamente "bouleversant" –si se me permite- por lo que tiene de liberador. Hay que aprovechar la ocasión. Debe ser difícil sentirse libre y ser consecuente al mismo tiempo con la responsabilidad al uso, basada en el mantenimiento, sin perderlo, del trabajo fijo como prioridad vital.
Aunque no creo que me atreviera a sugerirles mi pequeña idea: deberían, ellos también, llorar juntos sus respectivas frustraciones en lugar de fornicar con trampa. Eso puede llegar a unir más que muchos coitos. ¿Qué mas pueden hacer? Jamás se atreverán a otra cosa...
Y me gustaría recordar que debería hablar de la debilidad.
Pero no hoy.

elabue 1

ELABUE 1.- 11.06.2006

El suelo del balcón sobrevuela la calle peatonal a una altura como de tres caballos uno encima del otro. Es una buena perspectiva. Llevo quince días viviendo aquí y he visto más gente en este tiempo que durante todo el pasado año. Pero solo muy raramente sigo logrando apercibir una cara sobre la que descansar con placer la vista durante el corto espacio de este fragmento de paseo. Me ocurre desde hace casi un año en que regresé a España. Pero es que yo soy muy raro.
El Ayuntamiento, desde siempre, ha apostado por el turismo gay. Este es un pueblo pequeño –pese a que durante el verano multiplica su población por diez- muy próspero, muy tolerante y muy bonito. Esto último sí que es cierto. y además con microclima propio, bastante más benigno que el clima de la capital.
Nadie vuelve aquí la cabeza, sorprendido, al paso de dos muchachos cogidos de la mano o ante el arrebato de dos muchachas intercambiando en la calle un beso no programado.
Siempre que no sean hijos del pueblo.
La tolerancia es solo para los turistas, que para eso pagan y además son de muy lejos. Aquí prevalece el mismo espíritu que llevó a los franceses en los gloriosos sesenta a obligar a Emmanuelle a desplegar sus exquisitas "débauches" (hoy un tanto ingenuas) lejos de la metrópoli: "eso lo hace una francesa pero, por supuesto, no en Francia: en lo exótico, que siempre queda lejos".
Eso de que este pueblo no fuera tan tolerante como sabe venderse lo descubrí gracias a Manel, en la Megápolis, tras su tercera o cuarta cerveza. Acababan de abandonarle, yo tomaba café en la mesa contigüa y él necesitaba de alguien a quien contárselo. Ya hace tiempo que aprendí que, en casos así, es suficiente con escuchar; emitir una opinión suele envenenar las cosas. La otra opción podía ser una huida disfrazada de retirada honorable. Pero aquel día me había levantado con mi pie de niño explorador.
Manel había huido a la cercana capital hacía un año. Su primera juventud la vivió en el pueblo ocultando –a su pesar- su condición gay: conocía a su gente y sabía que no disponía de otra alternativa. En mi opinión, ese extenuante ejercicio de asimilación a sus compañeros heterosexuales había jugado a su favor en lo que a imagen se refiere: al muchacho se le veía muy viril. Y eso mismo debió ser lo que atrajo a Malcom, el inglés, hasta el punto de hacerse con la virginidad ya un tanto tardía del español en un brillante despliegue de facultades (Manel sabía narrar bien las cosas)
Huyeron juntos a la capital y aquello duró casi doce meses. Ahora se había terminado. Unos minutos más –Manel consultó ostensiblemente su reloj- y Malcom estaría pisando suelo inglés. Yo aproveché para alzar el vuelo.
Son las dos y media del domingo y la gente comienza a clarear en la calle. Voy a ver si yo también como algo.
Nunca había visto tanto niño pequeño como aquí. Paradójico. He podido contar hasta cinco cochecitos de criaturas berreantes en el espacio que abarca mi mirada sin mover los ojos. Y no hablo de niños emigrantes: esos van muy recataditos en brazos de sus madres o caminando al lado, en silencio y como en tierra extraña o tal vez meditando sobre las productivas putadas que podrán hacer de mayores –tal y como hace papi- a todos esos autóctonos, a cual más estúpido y confiado.
Los cochecitos con niño aullador van siempre empujados por parejas españolas jóvenes, ajenas al tormento del producto de sus lujurias e indiferentes al desequilibrio que producen los chillidos agudos en el entorno. Como si no lo oyeran, inmersos en otras cosas. Pero ¿en qué?
Mis casi quince años de trabajo en Sudamérica no me permitieron acumular las necesarias malicias como para sobrevivir impunemente en aquellos lares pero si las suficientes como para poder pasar por malpensado en aquestos otros.
Tenemos miles de kilómetros de playa en el Reino; cientos de pueblos turísticos al lado y continuación de éste: ¿qué hace una pareja joven paseando un bebé estridente precisamente aquí, en la aspirante a capital gay de Europa? Según con que ojo lo miro puedo ver un bebé-escudo –vestigio de una entrañable sensación de culpa- o bien un bebé-reclamo. "Mira, mira como aúlla mi niño: yo soy el/la que va detrás, empujando suavemente el cochecito y apoyándome en el asa cuando frecuentemente me detengo a pasear con calma la mirada a mi alrededor" Enorme error. Se ve que son gente que trabaja mucho, sin tiempo apenas de salir. Deberían haberse dado cuenta de lo difícil que es, en un sitio como este, llamar la atención de no ser con la violencia física pura y dura. Algún día hablaré de la debilidad, si recuerdo hacerlo.
Estos corpúsculos familiares con sirena se dirigen indefectiblemente hacia un bar para heterosexuales donde pasan la tarde con unidades similares procurando no descontrolar, pese a las cervezas.
Algún día también, dedicaré una loa a los conmovedores bares especializados: bares para camioneros, profesores, abogados, albañiles para heterosexuales, para homosexuales...deben significar –especialmente estos dos últimos- la respuesta a las necesidades que surgen durante un periodo de transición. Algo así como las antiguas paperas, que te retenían en cama unos días y te dejaban cortos los pantalones en el camino hacia la madurez. Transición hacia un estado final, más cerca de la meta de adulto y consecuentemente de bares sin apellidos en donde socializar, pero todos juntos, sin especializaciones. Esto último me parece como más normal, más dentro de una naturaleza humana sin traumas y, sobre todo, más enriquecedor.
Tengo un ordenador portátil con -parece ser- capacidades inalámbricas, pero debo mantenerlo conectado a un modem, conectabox o como se llame, en el rincón del salón que me sirve de guarida. Y es bueno que así sea: El poder desplazarlo a la terracita sin ningún tipo de conexión y seguir en la red supondría ya más magia tecnológica macrobiótica new âge de la que estoy capacitado para tolerar. Estar todo el tiempo conectado a la red me permite estar al tanto de lo que pasa en mi tienda virtual de papeles viejos. También me permite el escribir a ratos libres para intentar recuperar mi idioma, milagrosamente poco deteriorado pese a los catorce años de duras pruebas a los que le he sometido, pero necesitado sin embargo de una ligera restauración, sin que la actualización que esto conlleva me deslice por la pendiente de las ostias, hijodeputa, miraqueerescabrón, deputamadre, cagüendios y demás expresiones de socialización relacional al uso que escucho desde el balcón. Y no las soslayo por rendir tributo a la buena educación recibida en su momento por los curas de turno, sino por estética; y también por dificultades de dosificación. Las palabras malsonantes pueden llegar a ser muy cansinas. Enseguida pierden su poder de provocación y aburren.
Bien, pues puedo pasarme yendo del ordenador cerca de la ventana abierta hasta el balcón de madurar ideas, toda la tarde, sin lograr ver, ni por asomo, cómo unos jóvenes padres aplican un buen par de zurras terapéuticas al aullador de turno. ¿Temen tal vez que la criatura retenga el ultraje en la memoria hasta tener la edad suficiente para denunciarles? Esas cosas pasan aquí ahora.
Aún recuerdo aquellos maravillosos berrinches que hasta hace bien poco agarraban los niños: los nervios entran en un inusual estado placentero, todo el metabolismo se altera de una forma maravillosa, el corazón se va acelerando paulatinamente, a veces con rapidez; las sienes se desbocan en latidos; las lágrimas descongestionan nariz y ojos; los mocos, en una estimulante trasgresión, se justifican por si mismos y todo esto in crescendo, cada vez más rápido y más intensamente. Excitación que pide a gritos una culminación final como un derrame total, como un estallido del ser que alcanza un momento de plenitud en éxtasis: el momento de la bofetada. Restallante como un latigazo, la bofetada desencadena el instante místico capaz de aniquilarte de pura gloria si tan solo durase un poquito más.
Y después el descenso vertiginoso hacia la relajación, el abandono, el descanso, el hipo y los suspiros.
Gracias mamá.
Si nuestros actuales jóvenes padres fueran tan modernos como presumen, no privarían a su vástago de tan precursoras catarsis.
Y a los demás nos harían un favor.